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Empecé a tranquilizarme mientras aprendía
que en invierno no importaba tanto la extensión de los días:
una duerme más siestas
y el sol es una visita tenue, casi queda,
que de vez en cuando regala a las cosas
su presencia pigmentada;
y no importaba que no pasara nada y que estuviera sola.
Yo iba a dejar de llevar alguna cuenta
y empezaría a hacerle travesuras
a mi entendimiento previo
sobre el concepto del tiempo.
Por eso del vuelo sólo quedó una que otra foto
tomada desde lejos y a contraluz, nada concreto
y una caligrafía trastocada por un temblor de miedo.
Dejé pasar los días como si fueran horas largas,
con un minutero moviéndose cada vez más lento,
sin novedad.
En otras coordenadas la rotación del globo
era un fenómeno más evidentemente perceptible
y la gente llevaba vidas más vivas, más aceleradas—
pero a mi me tocaba la pausa, el frío, el estupor.
(Nicole Cecilia Delgado)
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