Todas las casas ocultan un misterio y un pecado: una ruina. Ante unas puertas arrancadas de sus goznes, barajadas por Dios y apostadas contra un muro; ante una pared vencida o un balcón suspendido en el vacío; ante un desmoronamiento de escombros y cascotes, nos acomete el sobresalto de una inconsecuencia visual casi blasfema. Nuestra época se dedica, como ninguna otra anterior, a una febril demolición de edificios; nuestra época es al mismo tiempo la primera de la historia que no deja ruinas. "Dentro de cien años", dice Sennet, "la gente tendrá una evidencia más tangible de la Roma de Adriano que de la Nueva York de fibra óptica".

Santiago Alba Rico

 

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