¿Por qué nos perturba una ruina en el corazón del holograma? Porque a través de ella recuperamos cinco radicalidades:

- recuperamos los materiales de construcción, reprimidos, ocultos y olvidados en el cuerpo del edificio. En la línea siempre ascendente del progreso -es decir- se nos cruza de pronto la ingenuidad del comienzo, la reversibilidad espacial del destino, el trabajo a ras de tierra.

- recuperamos el aire, en cuya transparencia liberada -por sobre el tejado sin cubiertas- se colorea para nuestra comprensión la sólida irracionalidad del barrio. La ruina explica la ciudad. Es el último agujero en su altura sin tacha, el fantasma del ágora que viene a interrumpir su continuidad.

- recuperamos la triste objetividad de los objetos, ahora visiblemente detenidos en una quietud de piedras, expulsados de la sociedad en la que se habían escondido. La muñeca, el cuaderno, el zapato entre los desperdicios no son la melancólica metonimia de la fragilidad humana: son el escándalo de la supervivencia.

- recuperamos la gravedad, la inclinación, la forma de los primeros monumentos: el montón, por ejemplo, que es la primera lucha del hombre contra el cielo.

- recuperamos, en fin, a los hombres, desterrados de la ciudad post-moderna. La ruina es el último, el único lugar todavía habitado, donde la pobreza o la rebeldía conservan la cultura más antigua. Frente a la ciudad occidental abandonada a sus anillos, la ruina hierve de cuerpos. Frente a los rápidos corredores del Molusco hueco, la ciudad tercermundista -o el barrio periférico-, en el que la diferencia entre las casas semiderruidas y las casas a medio construir se borra por completo, espesa sus contactos. El Cairo, por ejemplo, es una vieja civilización abandonada, encontrada en el camino y okupada por quince millones de personas. La ruina ya no es romántica; es el último refugio de la antropología.

 

Santiago Alba Rico

 

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