El arte, última resistencia contra el deslumbramiento, custodio y administrador de lo visible, no puede pretender crear cosas nuevas en medio del exceso mercantil que las hace a todas invisibles; debe sencillamente recolocarlas en el espacio para que se vean. Este ha sido siempre el verdadero trabajo del artista y esta es la propuesta, tan oportuna como sabia, de Txuma Sánchez con su arrumaje de maquetas, fotografías y cascotes. La paradoja de meter una ruina en una casa entraña quizás el riesgo de concederla rango arqueológico; de convertirla en una antigüedad o, peor aún, en una antigualla. No. Hay que temer más bien –o esperar- que su inconsecuencia visual, y la inteligencia de su disposición, comprometan también el espacio en el que se alojan -y la calle y la ciudad misma- en un ojo repentinamente curado de su bizquera. Recuperar la ruina es retroceder antes de la cosa misma que se nos escapa e ir más allá de la rutina de siliconas que nos la oculta. "Salvemos este mundo de la ruina" sería una consigna al mismo tiempo apocalítica y pretenciosa. Salvemos al menos las ruinas, último, avergonzado, perseguido refugio de la rebeldía y la memoria.

Santiago Alba Rico

 

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